ÁL-ANDALUS (CÓRDOBA)

 


En mi segundo viaje quise trasladarme a una de mis épocas preferidas de la Historia, al territorio de Al-Andalus, más concretamente a la provincia de Córdoba en el año 786, donde el propio Abderramán I, superviviente de la dinastía Omeya, se había trasladado años antes huyendo de Damasco para fundar en este nuevo territorio conquistado su propia dinastía.  En esta etapa, los musulmanes habían alcanzado gran parte del norte de África y la península ibérica, tras la batalla de Guadalete en el año 711. 


Allí pude encontrarme una forma de vida muy distinta a la de Constantinopla, muy marcada por una nueva religión creada por Mahoma en el siglo VII, el Islam. 




En las ciudades conquistadas el gobernador se hacía llamar Califa, “sombra de Dios en la tierra”, y tenía el poder político y religioso. En las distintas provincias o koras, gobernaba el amir o valí, y de la justicia se encargaba el juez o cadí. Casi me desmayo cuando me obligaron a  pagar un impuesto por estar unos días en la ciudad, solo por el hecho de no practicar el islam, aunque al explicarles que solo era un viajero temporal, tuvieron compasión de mi siempre y cuando me sometiera a sus normas durante mi estancia. 


Visitando sus tierras, pude ver por primera vez grandes terrenos de cultivo en los que se utilizaban técnicas agrarias nuevas, que facilitaban mucho la labor en el campo. También fue muy fructífera la artesanía, realizada en pequeños talleres donde también vendían los productos fabricados. 


La sociedad musulmana se dividía en una pequeña minoría (aristocracia) de origen árabe con poder; la masa popular, comerciantes y artesanos libres, que pagaban impuestos por las tierras y si no estaban convertidos al islam; y los esclavos. La familia tenía una característica que, a día de hoy, todavía se conserva en sus tradiciones, y es que el marido tenía poder absoluto sobre su esposa o esposas, quedando estas sometidas a la figura del hombre desde antes de casarse.  




Arquitectónicamente, las ciudades eran muy ricas, pero sin duda lo que más me llamó la atención fue la construcción de templos, llamados mezquitas, destacando la de Córdoba, la cual tuve la suerte de visitar ya que se inauguró en ese mismo año. Allí pude observar esta maravillosa construcción que contaba con un gran patio de entrada, rodeado de murallas y donde se encontraba la fuente de las abluciones, donde los musulmanes debían purificarse antes de entrar a rezar. También se oía al Imam desde el alminar, llamando a los fieles a la oración. Cuando entré en la sala de oración, pude observar un muro, al que llamaban quibla, orientado hacia la Meca, y en cuyo interior estaba el Corán, libro sagrado para los musulmanes. Recordé entonces que, por suerte, a día de hoy, también podemos visitar en España este majestuoso edificio en la actual ciudad andaluza de Córdoba, donde se conservan muchas obras de arte del dominio musulmán. 


Tras conocer las costumbres del Islam y los preceptos religiosos que deben cumplir sus seguidores (viajar a La Meca una vez en la vida, oración comunitaria los viernes en la mezquita, rezar 5 veces al día, dar limosna y ayunar el mes de Ramadán), decidí continuar con mi ruta por la Edad Media para seguir conociendo sus lugares y costumbres.


Si te ha gustado mi viaje, ¡sígueme a mi próximo destino!


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